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Oct 29, 2015

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Las hadas madrinas de los gatos en Bogotá

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Los reciben en las peores condiciones de salud, los salvan de morir y luego los dan en adopción.

La habían encontrado en un basurero, metida entre un tarro de pintura totalmente sellado, que además introdujeron en una bolsa negra. Se deshicieron de ella en un humedal y, por casualidad, un obrero la encontró. Un maullido fue el sonido de alerta.

Cuando se percataron de que había algo vivo entre los escombros, y abrieron el recipiente, una pequeña gatica embarazada, untada de sus propios orines, pedía auxilio. Alguien tuvo la intención de que muriera lentamente.
Ella, como decenas de gatos, llegó a la Fundación El Gatio, un templo felino en el que ayudan a aquellos animales que han dejado abandonados. Allá los bañan, los curan, los esterilizan y, si el buen corazón de alguien lo permite, los dan en adopción.

Pero la historia de este lugar tiene sus raíces en el corazón de sus fundadoras: la diseñadora industrial Carolina Ramírez y la comunicadora gráfica Mónica Murcia.

A las dos, en algún momento de sus vidas, se les ocurrió patrocinar gaticos, habitantes de la calle. Carolina, por ejemplo, luego de la muerte de su primera gata, recogía los de Zoonosis que en una época iban directo al patíbulo. “Si en tres días no los adoptaban, los sacrificaban. Entonces, yo me los llevaba para el apartamento”.

Lo mismo hacían Mónica y su tía, patrocinaban a cuanto gato veían desvalido y hasta llegaron a vivir con una comunidad entera de felinos en su casa. “Tenía nueve. Yo sentía que nadie era tan suficientemente bueno como para vivir con ellos. Me costaba trabajo separarme”.

Esa pasión las atrajo como un imán y terminaron trabajando juntas en varios proyectos. Así fue como comenzó El Gatio en el año 2013.

Lo más difícil para ellas fue entender que debían empezar a entregar los gatos a otras familias. “Tuvimos que recibir terapia holística con un amiga llamada María Virginia, ella también trata a los gaticos de la fundación. Aprendimos sobre el desapego y a asimilar que nuestra misión con los gatos llegaba hasta cierto punto”.

Primero trabajaron en un espacio limitado, luego en una casa en la calle 53 con carrera 20 y, tras muchos esfuerzos y sacrificio, se radicaron en una casa en el barrio Cedro Golf, donde tienen que pagar dos millones de arriendo, algo difícil para una obra que vive de donaciones. “Hemos tenido que sacar plata de nuestros bolsillos para salvar la causa en épocas difíciles”, contó Carolina.

Pero, dicen, todo ha valido la pena. Aunque el compromiso que pactó la pareja de amigas es la de tener máximo 40 gatos en adopción, siempre terminan desfasándose en esa cifra. “En Semana Santa, julio y diciembre abandonan muchos gatos. La gente se va de vacaciones y terminan por dejarlos. En esta fecha tenemos 63, siempre estamos con sobrecupo”, dijo Mónica. Eso sí, todos limpios, cuidados, cada uno en su suite y su arenera, expuestos para que alguna familia se enamore de ellos. “La mayoría de gatos llegan enfermos. Tenemos que costear todos esos gastos veterinarios, los medicamentos, las operaciones. Mucha gente linda nos apoya, pero ellos tienen sus límites”, dice Carolina.

Casos para no olvidar

Guardan tantos casos en su memoria como el número de retratos que tienen colgados en una pared de la fundación. A cada gato le ponen un nombre y un espacio en la web para contar su historia. “Nunca nos olvidaremos de Chente cuando nos llegó su foto”, recordó Mónica.

Las personas que encontraron al gato de un mes y medio de nacido pensaron que tenía sarna por su apariencia, pero su situación era la peor, tenía más del 50 por ciento de su cuerpo quemado. “El gatico se orinaba del dolor que sentía; nos tocó darle muchos medicamentos”.

El amor de estas dos mujeres lo sacó adelante, creció feliz y mordía todo lo que se encontraba. “Le compré un hueso de perro porque era terrible. Vivió muy feliz, pero no soportó la operación para salvarle su pierna. Ese día fue muy triste para mí”. Chente se convirtió en el símbolo de la fundación y luego fueron llegando historias más fuertes.

A Gaby, por ejemplo, la encontraron en el cuarto de san Alejo de un colegio. Estaba deshidratada, alérgica, llena de pulgas, con anemia y una desnutrición severa. “Recuerdo que al día siguiente, cuando la fui a ver, empecé a gritar que a la gata se le habían salido los intestinos. Alerté a todo el mundo y luego, en medio del 'shock', nos dimos cuenta de que había abortado a sus cuatro bebés. Creo que ella había sobrevivido pensando en sus crías”, contó Carolina. Hoy, Gaby vive con su familia adoptante. Y, así, hay decenas de historias. Pablo, el gato maltratado por su dueño adicto a las drogas que le quitó las uñas causándoles un trauma o los gatos que a diario dejan abandonados en cajas con sellamientos improvisados. Todos han hallado una familia.

¿Cómo adoptar?

No es tan fácil como ir, encariñarse de un gato y llevárselo para la casa. Para la fundación, es claro que las familias deben comprometerse a cuidarlo y amarlo.

Hay que llenar un formulario, en el que se explica la composición familiar y el porqué del deseo. “No todos los gatos son iguales, unos prefieren los adultos, otros no se la llevan con los niños; entonces, la gente tiene que evaluarlo todo. La vida de un animal dependerá de ellos”, dijo Carolina.










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